domingo, 15 de octubre de 2017

LUCES



























No la nada

¿Será verdad que sólo

hay un vacío enorme tras las cosas
cuando vemos
subir la luz de un cielo como este
y abrirse el día así? ¿Será
verdad que atrás de estos colores
que el otoño dispersa, la belleza
y el dolor de los cuerpos
un santo ríe y nos espera
gozando de su engaño
con la furia inocente de lo altísimo?
¿Que hay consuelo después
como hay ahora
desconsuelo y salimos
despiertos de este sueño
y no al contrario?
Qué batalla la nuestra
si es tan dulce
a veces
cambiar esas miradas
con la luz
y si también la noche
se siente que cobija
a ratos
lo que nos duele atrás
de lo que somos.
Lo pienso ahora
que parece que te vas
y estás quedándote
al mismo tiempo en todo
lo que veo. Y no se pierde
tu forma, rasga un velo
me digo, que entorpece
mirar lo que está ahí,
lo que sentimos
amar, y cuesta irse
confiar en la ilusión
que, cuentan, es
lo misteriosamente
diferente
y no la nada.


Sonia Scarabelli, Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras, Bajo la luna, 2008 (vía Bárbara Alí).









Resurrección

Esta luz, esta forma que no es mía
Tiene mi propia luz, mi propia huella,
En armonía extraña con la estrella,
Celeste flor lejana, ardiente y pía.

Y en el tono menor de la tristeza,
La hermana luz, la hermana forma canta,
Canta, anuncia, cual buena nueva santa,
Una resurrección de la belleza.



Jacobo Fijman, Poesía completa, Ediciones del Dock, 2014.









Luz de octubre

Bajé al pueblo y llamé a mi padre.
Lo felicité por sus setenta años recién cumplidos.
Se oía, de fondo, la voz de mis hermanas:

¿Es Mauro? preguntó la más pequeña.

Mi padre me pasó con ella.
Estaba emocionada y yo también, en este tiempo no había oído la voz de ningún afecto.
Me describió la escena y estuve devuelta ahí.

¿Y vos?

A través del vidrio de la telefónica veía un perro negro.
Le faltaba una pata y subía una loma muy despacio.

Yo veo un perro negro de tres patas, dije.
Mi pequeña hermana exageró su sorpresa.
Sí, de tres patas, por si no sabías, acá todos los perros tienen tres patas.

Rió. Eso tengo que verlo, dijo, y me pasó de vuelta con mi padre.

El viejo estaba bien, más allá de un dolor en su rodilla, conmovido,
me dijo, por un cuadro de Renoir que le hizo comprender algunas cosas.

¿Cuáles?

No recuerdo sus palabras pero habló de la luz, de la importancia de la luz sobre la sombra.

Lo importante es el color –creo que dijo en un momento–, lo demás no es importante.

Regresé a mi casa pensando en él.
El sol había ganado la mitad del cielo, no había nubes.
Las sombras de los árboles, ceñidas a los árboles.

Comprendí que las palabras de mi padre sobre la luz
–sobre la luz que se proyecta en el vacío–
se rebelarían en mí recién después de mucho tiempo.

Caminé por donde había caminado el perro, 
con mi sombrita pegada a los talones.


Fidel Maguna, El diario Rosales, inédito.










02:04:17

¿Vendrás para continuar la llamarada de mi mente?
¿Y si mi corazón está poblado de pájaros?
¿Decís?
¿Qué te devuelve la visión del día?
¿Y quién arde en la luz?
¿Vos? ¿Yo?
¿Y si te sueño
es porque somos la piedra solar
recordando
el diagrama de la sombra?
¿Y si el futuro tiembla
en el canto de los grillos
alrededor
de la oscuridad?
¿Cómo imaginás
que resuena
el final del relámpago?
¿Y si no existe el relámpago?
¿Y este resplandor?
¿Es real?

Marcelo Daniel Díaz, inédito.









El color de las luces

Tan fácil nombrar las cosas sin nombre,
¿pero qué palabra del aire o de la tierra
dar al cuenco de tus manos?

Pasa algo sin existencia en el lenguaje.
Lo verdadero se revela.
Me inclino.

Llovizna sobre las mieles
del verano. Y no aparece
esa palabra.

Para qué explicar
el color de las luces
si por fin relumbran.

Bajo su halo, en silencio,
esperaré
a que termine la lluvia.


Alicia Salinas, Tierra, Ediciones la mariposa y la iguana, 2017. 





























domingo, 1 de octubre de 2017

FLORES



Fotografía de Mercedes Araujo.



































I

A Juan Gelman

Al rojo vivo, como el clavel prendido del ladrillo,
la poca pretensión de sus raíces en el viento,
brotes tiernos del cielo la tardecita de los sábados
asidos a un murmullo de luz dicho al oído:
ajenas no le son las finas hebras del aire al aire,
esa música lejana, así era ella, de sí misma tan ausente,
igual que una flor tardía entre las hojas
del libro en que descifro el nombre de tu nombre. 


Alberto Szpunberg, Como clavel del aire, en Como sólo la muerte es pasajera, Entropía, 2013.









El aguaribay florecido

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.
En la sombra exhalada—¿de qué su dulce hálito?—
los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.

Arde de abejas el aguaribay, arde.

Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules
a través de la cortina
de los racimos
pálidos.

Ríen los ojos, los labios. ¿Veis las muchachas o es
la tenue sombra ebria
y bordoneada
que se alucina de muselinas claras
y de otras flores vivas—extrañas flores vivas—
riendo, riendo, riendo hacia las islas?

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.

Arde de abejas el aguaribay, arde.



Juan L. Ortiz, La mano infinita, 1951.









Cuando mi padre comía flores

La visita del alma fue entre dos pinos,
rendidos de tormentas y calandrias...
Yo supe colgar allí un pizarrón
donde escribía haikus al modo de Matsuo Basho
pero el rocío de las noches insistía en desteñirlos
o corregirlos, que es casi lo mismo,
y la noche en que madre olvidó descolgar el pizarrón
llovió más que nunca esa noche;
el mejor de los versos se perdió entre las agujas de los árboles
y a la mañana padre miraba con sonrisa en sus ojos
y le daba al martillo enderazando fierros
que después serían antenas de TV o cabreadas.
Pero eso fue antes de que empezara a comer flores.
Para cuando empezó a comer flores
elegía la más sabrosa de los gladiolos,
y como quien no quiere al pasar robaba un pétalo;
las rosas, decía, son todo un bocatto di cardinale,
aunque las preferidas eran las más humildes,
el jazmín del cielo, la flor del trébol.
Eso fue antes del cáncer y los intestinos revueltos
cuando se complacía en cambiar,
desterrar o regalar los mejores helechos
creando odios interminables entre suegras y nueras
a causa de un culantrillo y algunas margaritas
comidas como lechuga en ensalada.
Ahora me visita, con una blusa azul de ferroviario del ’50,
con su gastado pantalón de sarga y una varita de hinojo en la mano.
Se sienta en el viejo banco bajo los pinos,
se rasca la cabeza y me pregunta qué,
el Chicho me pregunta con el gesto qué hice con la vida:
no la dejes a tu madre, me dice,
acordate de cambiarle el aceite a la cupé.
Distraídamente deja caer una mano de costado
arranca una florcita blanca y la mira atento,
estudia la corola cuatro pétalos el estambre rubio,
y la lleva a su boca, la mastica despacito.
En sus ojos pasan las nubes que pasan,
brillan como relojes andando para atrás.
El alma de mi padre sonríe por algo que no entiendo.
Todavía no entiendo. Sólo lo veo a él,
comiendo flores como en sus mejores días.


Juan Meneguín, Cuando mi padre comía flores y otros poemas, Ediciones Río de los Pájaros, 2012. Vía Julieta Lopérgolo.









La rosa que digo es la rosa que callo

¿quiero decir la vida
cuando digo con mi aliento
el aliento de las cosas?

¿el mundo que nombro es todo cosa
y es su temblor de no ser en los charcos
y es
también
la rosa?

¿esa rosa digo?

¿que se ha vestido en el éxtasis?
¿que se une y se desmiembra para el goce total de la muerte
con las lenguas del sol rozándole
con las manos del aire esparciendo sus pétalos
con el zumbido de los insectos que muerden
su tallo?

¿por qué rosa
esta rosa que es mundo?

¿por qué orgiástica?

¿porque se da a la lluvia
y al aire
y más y más se abre
como un infinito ávido de sí?

¿porque se desflora de sí misma
y se hace otra
y nunca cambia?

¿porque es la pena y sus patas quebradas
porque es la alegría y su boca cantarina?

pero qué rosa digo
¿ésta que callo?

no esa hecha de sépalos
y de estambres y pistilos

ni de la rosa es la rosa
ni el escaramujo
no la floribunda
no la eglanteria
ni la damascena en flor

¿o hablo de esa rosa y confundo
su carne
asediada
con la mía?

¿digo la rosa total
de lo que en sí existe
y se sabe y no?

¿todos los ruidos donde la vida se es
un colmenar junto con el oso
y su pelambre enmielada y su garra
y su hocico              
llenos de miel y de abejas muertas?

¿y las vidas humanas que nunca untarán una tostada?

¿sí?
¿esa rosa digo?

¿quiero decir la vida
en toda cosa?

¿esa flor
inhumana?

¿cada latido
cada vibración
una infinita melodía que canto
que cantamos
y nos dice
y se dice?



¿la rosa que digo es la que callo en esa orgía de existir y ser una sola?


Jotaele Andrade, La rosa orgiástica, Añosluz, 2016.








9

Apenas vino el primer calor, los frutales
antes secos, se rodearon de un halo
verde que ahora es flor
blanca. Sin  preguntas
y cuando corresponde, cada árbol
hace lo que mejor sabe.


Macky Corbalán, El acuerdo, La mondonga dark, 2012.







anunciación

clase práctica de botánica
la ramita que crece en la lata de tomate
especies autóctonas

en realidad son cuatro latas con sus cuatro
germinaciones

todas de hojas bipinadas
folíolos múltiples
seis a veintiocho centímetros
desplegadas de día
por la noche cerradas como párpados

follaje azulino
barba de chivo
maldiojo



el ejemplar originario está en una vereda
abandonado
entre arbustos siempreverdes
tamariscos

hay que buscarlo
con el delicado
tacto
del ojo

yo misma voy contando los pasos
hasta verlo aparecer
tras de la loma

su floración de reina



primera vez de una flor
no la olvido:

agrupadas en racimos piramidales
amarillas limón
cinco sépalos alrededor del cáliz
cinco pétalos libres
diez estambres declinados
larguísimos                                                                     
rojos
          rojo rojo

y la gota de polen



novia nocturna de la polilla esfinge
a plena luz del día
del abejorro



¿qué flor es esa? –decía



al amanecer

          hora en que las cosas del mundo
          se alumbran de una en una
          como lámparas
          resplandecen
          de una en una
          como milagros

volví a visitarla



la conversación asimétrica
entre mi clasificación
de linneo
y su boca
llamadora de pájaros



es difícil conseguirla en viveros
una belleza demasiado natural
resistente a las sequías
los suelos pobres



la chica del jardín pillahuinco
me dijo
cómo hacerlo



hace dos navidades dejé bolsitas
de tul verde
alrededor de los frutos

pequeñas redes para atrapar semillas

el momento exacto en que la chaucha se abre
suelta su dádiva:

moneditas livianas
brillantes como caramelos mediahora
nueve o diez milímetros



pasaba algunos días a mirarlo
el tul como un adorno

tal vez
alguien pensó en la costumbre
del árbol de diciembre



la espera era la misma
cuando no estaba allí presente

          todo queda temblando
          a punto de caer
          de deshacerse

el árbol con los tules
haciendo sus semillas                  
y mi pequeña trampa

identificar
poner un orden
cerrar la mano



los últimos días de enero
juntamos las bolsitas

estallaban
las chauchas doradas
con ruido de maderas
saltaban en el aire
las semillas
brasas

(no lo invento yo
sucedía)



daban ganas de llevarlas a la boca

el secreto de la flor extraña y dulce
las cintas rojas que atan el cielo
nos protegen



empezaba a llover

amarillo como las flores
un perro
bajo el agua
vigilaba mi ronda

desanudar el tul
esconder algo

era el único vecino atento
al peligro de mi mano



menos
en nuestra atención minuciosa confiamos
que en la ligera distracción de la naturaleza

puse la semilla entre algodones
la alimenté con agua limpia



del germinador a la tierra
dos cotiledones anuncian que está viva



ahora
son cuatro latas
con sus cuatro germinaciones

el follaje azul y el movimiento
de abrir y cerrar
folíolos

se fortalece el tallo alimentado
de mis amores

pero no es tiempo
todavía
de trasplantarlas
a la intensa agitación del patio



mecidas
en la vida artificial
bostezan
cubriéndose la boca



puede llevar años
la encarnación de una flor
su vestido



Laura Forchetti, Libro de horas, Bajo la luna, 2017.









Suelta
pero sucede que la flor no cae.
Un látigo unido a su tallo desprende las gotas de amor en pedazos de hielo
sobre una blanquísima nube de paso que intenta decirle que no lloverá,
que ya no hay mundo, niño (nunca dejarás de ser un niño).
Tu mano carmesí clavel descuartizado y mi manzana rubia en un finísimo 
silencio. No te muevas por favor que hay un gusano triste en tu cabello.
Me das tu mano y tu cabeza.
Envuelvo todo. Huele bien.
Hubiera sido hermoso atravesar la noche y resistir. 
Dejar los ojos hacia atrás la carne húmeda de amor y no pensar en lo que está.
Mis dedos el clavel gusano triste. 
Es el verano atado a un latigazo.
¿Qué haremos con el mundo con la carne con las flores?
Con esta flor amante de los látigos el sol del mediodía 
y de la muerte

Silvia Rodríguez Ares, inédito.








1


Seguimos en el jardín como si no hiciera frío.
Date cuenta: tenemos las manos inmóviles.
¿Cómo es posible que ningún insecto
haya devorado los pétalos rojos?
Qué les mitigó el hambre posterior a la lluvia.
Hay hombres y mujeres que siguen
de cerca a las hormigas y aun así
no pueden impedir una catástrofe.
Qué espíritu protege lo que cae.
Hace años que estamos aquí.
Hace años que estamos de rodillas
de frente a la belleza.
La rosa quebrada que miramos
no puede estar durando tanto.

Valeria Pariso, inédito.















































jueves, 21 de septiembre de 2017

NIEVE
















H, la nieve, ahora decís, es demasiada.
No conozco la nieve. Sé de la escarcha, repta, es tosca,
hace ruido.
¿La nieve cae delicada, envuelve?
La escarcha se pisa, hay que quebrarla.
¿Será la diferencia entre nostalgia y tristeza?
Caricias frías, una sobre otra, danzan confundiendo el
recorrido sobre tu piel.
Astillas trepan desde mis pies, los detienen ante un 
paisaje nítido.
¿El frío tendrá distintas formas? La nieve nunca llega a doler, ¿o sí?
La escarcha abre heridas que el tiempo no cierra, sólo
fortalece los callos.
¿Son suaves tus manos?


Raquel Cané, Cartas a H, inédito. 
(Vía EMMA GUNST).










Otra ciudad

Cuando levanto la vista veo nieve,
nieve refulgiendo desde el televisor.
Como siempre, titilan sobre el mapa
los lugares donde uno no está.
Seguro extrañaría el mercado de flores
y despertar en este piso octavo
que se abre desafiando al viento.
La verdad es que hubo un solo día de nieve
y que hay una posible segunda versión
para las cosas conocidas.
Las valijas están hechas desde siempre
y además están sobre el sofá
en posición de espera.
Ese momento dura, se sostiene,
es una manera de estar:
estar a punto de ser abandonado.
El pozo negro de las valijas hechas,
reverso del desembarco:
el deseo humano por lo incompleto
que se refleja, dicen,
en la predilección por lo pequeño,
lo breve, el fragmento.


Laura Wittner, La tomadora de café, Vox, 2005. 
(Releído recientemente en de sibilas y pitias).











el episodio que vas a leer, debo prevenirte,
trata de una sencilla intriga y desempeño
un papel secundario: escuché la nieve cayendo.
si fuese un literato esta mañana podría cavilar
sobre trajes y corbatas y empleos estables,
cantorcitos de tracia que ya no estilan el suicidio
ni sucumben de tuberculosis. o sustraerme, pensar
que te codicio y que estaremos juntos todo el tiempo
que vivamos. y que si alguna vez llegás a dudar de mí,
si amor es profanado, vendida la amistad, perdido
el porvenir, en tanto logre adaptarle alguna palabra
griega o latina a una rama seca, aún desconozco
qué es un poema. y no estoy tan viejo como
para tener un recuerdo de todo. podemos
contarnos, uno al otro, la historia.


Alberto Cisnero, inédito.  









No es suficiente. Por más que fuerce
la llave la puerta no se abre. No
se abre el libro y menos en la página
que augura un mañana extenso y lubricante;
la pregunta es cómo, de qué modo
arrimarle materia a lo que se desvanece.
Cómo ser bienvenido cuando todo,
de lado a lado, auspicia la despedida.
Un paso, un tropiezo. Un café amargo
y urgido mientras envuelven la ceniza
en papeles de regalo. La pregunta
esa qué ritmo andar y por qué lado de la calle,
cómo evitar respirar el aire
que antes respiró por respirar la muerte.
Pienso en la nieve y aquí nieva una vez cada siglo.
Aquí el trapo con que limpio
de polvo y humedad el vidrio.
Mañana, dentro un rato, volverá a ensuciarse.


Carlos Barbarito, inédito.












Fuera del auto estacionado en la banquina

Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.


Juan Carlos Moisés, El jugador de fútbol, La Carta de Oliver, Buenos Aires, 2015.














miércoles, 20 de septiembre de 2017

CASAS




























V

no, mi casa no se derrumbó
no temblaron los vidrios
ni la araña cayó de la amapola del infierno

todo vino, empezó adentro:
nos tragaba un ojo

éramos o somos
el pan corruptible

por cada hueso hubo una boca
un diente
un hambre distinto

feroz, el ojo eligió
al imprescindible
al Dulce
al que sigue cantando

somos tan tristes sin él
a veces no hay de qué hablar, ¿sabe?
no hay fuerza para decir las cosas de la vida

pero llega la lluvia, a veces,
que es mansa y hace música en las canaletas
llega la lluvia por el este para ungir la herida
para hacer grandes las flores de carne

de ángel se pone el patio

detrás del ligustro, el Dulce renace
me dice: poné, hermanita, tu mano
en mi corazón

hace el mismo ruido que los caballos
¿viste?
¿no es un milagro?


Elena Anníbali, La casa de la niebla, Ediciones del Dock, 2015.










1

ya no vivo acá
voy soltando el ritmo, las distancias
que tallan la forma de una nueva casa
ya no vivo acá y sin embargo
vuelvo en cada órbita
a llevarme a mis fantasmas
convencerlos del peligro
de ir dispersos entre perros y escaleras
que no sienten, será eso
la vida en mil fragmentos
decir quién soy desde cero
cuando piso un barrio nuevo
sonreírle a todo el mundo, ya no
vivo acá y un caracol emerge
desde el agua, las macetas, con sus voces
soy mi propia casa
la que siempre está pendiente
la que nunca está vacía


Damián Lamanna, Propiedad horizontal, Añosluz, 2016.








La casa

Si la casa estuviera plantada
donde estaba,
si bajo los escombros,
en los cuartos,
los muebles,
hubiera señales familiares,
las huellas de su paso,
del andar que tenía
entre esas paredes
ella
¿respiraría mejor?

¿Sus ojos serían mansos,
bondadosos,
para ver
lo que no hay de aquello
y lo que hay ahora?
¿Para ver
y aceptar
lo que dejó de ser?

Si la casa abriera sus ventanas
a pesar del derrumbe
para que ella viera bajo otra luz
aquello que hubo antes
y luego dejó de estar,
de ser,
la paz,
por fin,
¿vendría?


Graciela Cros, Pampa de Huenuleo, Ediciones en Danza, 2017.









La casa que

Esa casa que están Construyendo
ahora
mi abuelo y mi papá
será demolida por un albañil Anónimo
30 años después.
Mis hermanos y mis hijos todavía
no
nacieron.
Yo tengo un año
y miro cómo mi abuelo y mi papá
construyen la casa.
El poema llega hasta acá.
Lo escribí en reemplazo
de esa
foto
que nadie sacó.


Javier Ramponelli (vía Damián Lamanna).



















viernes, 1 de septiembre de 2017

CÁMARAS



Henri Cartier-Bresson con su Leica en 1957. Fotografía de Jane Bown.














La cámara imposible


Cámara imposible la llaman los que saben de cine,
Porque la imagen es vista desde una pared
O desde la oscuridad donde no hay nadie
Y es como el tiempo que nos mira hacer y deshacer,
Siempre absortos en la ilusión de no ser vistos,
Siempre a salvo perdidos en las más estúpidas ceremonias.
Allí, bajo la lente, renace el mundo perdido
Entre las venas ya duras y los pelos que salen de la nariz,
A pesar del corazón que anhela por fin dormir bajo la tierra,
De los pulmones que hace tanto no desean más el aire;
La cámara imposible sigue la coreografía de lo íntimo
Que cree haber escapado un momento de lo público
Y las viejas ceremonias vuelven a poblar los rincones
De gente que no existe, a cambiar la escenografía
Por otros decorados hace años tragados por los días.
Más sinceros que la masturbación, más evidentes que el ensueño,
Los rituales secretos devuelven el sentido a las ajadas fotografías,
A los recuerdos que salen de esas imágenes con su andar leve de enanos,
A la pesadilla gozosa de estar a solas, finalmente,
Con ese pesado monstruo que pasa rápido por los espejos.
Y la cámara imposible filmando todo
Para el archivo candente que utiliza la memoria,
Esa extorsión que esgrimirá mañana el pasado:
Mañana, cuando nos avergüence otra vez y otra vez y otra vez
Saber que hicimos lo que hicimos y que somos finalmente
Otra vez todo lo que fuimos y seremos también cuanto no fuimos,
Como registró la cámara, la cámara imposible.


Luis Benítez (en revista Replicante)








Laica

yo tengo una perra con un solo ojo
como la de Cartier Bresson

ella no captura el instante
sino la mitad

por ejemplo
tus manos en alto
se vuelven una sola
que muestra la palma

yo te apunto con mi Laica.

ella le ladra al futuro que pasa por tu mano

es un viaje del azar que no se detiene con Dios

tu mano se ha vuelto inmortal
y yo vivo en la mitad de tu vida

estás detenido en el espacio

Laica te mira a través de la burbuja de vidrio

vamos a casa
te dice
no todos los perros van al cielo

la burbuja brilla como la aureola de un santo
pero es sólo casualidad
no se puede rezar con una mano sola







Muralla

cuando los chinos
inventaron la fotografía
aún no existía el papel

tomaron en sus manos la Muralla
la pulieron
e hicieron de ella un espejo del mundo

lo que vieron fue la muerte
su faena uniforme y puesta en abismo
los fragmentos de la vida
perpetuada en portarretratos

sus soldados en fila
la arcilla de la amalgama
el espacio entre viñetas

su propio dibujo
por primera vez
empequeñecido

la cámara oscura de cada torre
los caídos
en pleno ejercicio de la apariencia

el universo dejó de ser infinito
su fotografía
no



Silvia Castro, Isondú, El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2014.









I

Cuando las ganas de eso
hacen buscar un lápiz
me doy cuenta que tengo
porvenir
que tenía hace rato
el filtro de la lente en el bolsillo
y sólo cuando voy y busco un lápiz
recordé: entonces ir, guardarlo,
cuidar que no se rompa mi señor, y es así,
siempre hay algo que obstaculiza el impulso
una piedra
en medio del camino había una.


II

Pero ahora lo repito
es ganas de escribir, es eso,
lo que hay en el bolsillo de la lente
entonces voy, aguardo, hay siempre
algo para guardar
y es parte del camino que en el medio
hubiese un puro gris
virando lentamente
hacia lo negro espeso

la imagen va pasando
por ese contrasueño del esfuerzo
pasa punto por punto
pasa mientras pasea y ahí está:
la pera de esperar,
el gesto donde el alma fue la cara:
es justo ahí, cuando hay que disparar.



III

Leí muchas revistas. Dicen casi lo mismo.
Fotografía dice "escritura con luz".
En un papel sensible es la luz la que se escribe.
Yo sólo dicto mirando aquello o esto      lo otro.
Aprieto suavemente ese gatillo
y corto una porción de realidad –como de pizza–
que hasta antes no existía.
Poder de decisión le digo      por 125
fracciones de segundo
el índice de dios.


IV

Voy a buscar la cámara y después
a caminar.
Bresson estaba horas esperando.
Tenía paciencia y dedo.
Sabía ver.


V

Pero yo cuándo? Cuánto
voy a tirar hasta ver algo?
Y si lo veo lo reconoceré?
Películas de metros de película enrollada en la más
completa oscuridad en el calor del cuarto
sudando si no engancha si se rompe un agujero
si alguien abre la puerta y entra
luz.



Mario Nosotti, El proceso de fotografiar, Viajera, Buenos Aires, 2014.









Aldo o la intuición de que vivimos en las renuencias de un holocausto


Con una cámara que no sé manipular, que ese mismo viejo trajo hace diez años, la única vez que se alejó del pueblo, y ahora me saluda sonriente, bajo la pátina amarillenta de la tarde, con una bolsa de pan en la mano y el gabán descosido, tomo la fotografía. Hay detrás un tambor de cien litros, volcado, leña seca que se apila en el centro del baldío, latas de pintura arruinada alrededor, dos chapas que se enciman en el suelo sembrado de cardos, entre víboras de caucho y alambres en constelación rastrera. Hay estrellas que apenas se ven.


Diego Colomba, El largo aliento, Alción, 2016.